Por Juan José Richter, publicado en la Revista Testimonio – IESC Perú.

A 10 años de la publicación de Laudato Si, lamentablemente no podemos decir que se haya solucionado la crisis ecológica que tanto preocupó y ocupó al Papa Francisco. Dentro de los llamados que hace la carta, está presente un llamado perentorio a la responsabilidad que debemos tener unos con otros y con el planeta tierra, o como lo llama el pontífice, con nuestra “casa común”. Realiza una clara exégesis del llamado que el Creador hace a su pueblo en el génesis de “dominar” la tierra (Gn 1, 28), la que no debe ser entendida como una explotación salvaje de la naturaleza, sino más bien como labrar y cuidar el jardín del mundo (Gn 2,15), es decir, proteger, custodiar o preservar.

Para el pensamiento social de la Iglesia, el valor de la responsabilidad antes mencionada es una actitud que está íntimamente ligado al principio de solidaridad. La definición más utilizada es la de San Juan Pablo II en Solicitudo rei socialis (1987), donde la define como “la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos” (SRS 38).

En este sentido, resulta clave tomar la mirada que Francisco tiene de la solidaridad en la exhortación apostólica Evangelii gaudium (2013), que marcó el camino de su pontificado. En ella plantea que la solidaridad es mucho más que algunos actos esporádicos de generosidad, apela más bien a “crear una nueva mentalidad que piense en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos” (EG 188).

También plantea que el kerygma -el anuncio esencial del cristianismo- tiene un contenido social indiscutible (EG 177), enfatizando que la solicitud que hace Jesús a sus discípulos “Dadles vosotros de comer” (Mc 6,37) tiene implicancias en distintas dimensiones: la cooperación en resolver las causas estructurales de la pobreza, promover el desarrollo integral de los pobres; y también la realización de gestos simples y cotidianos de solidaridad ante miserias que nos encontramos en el camino (EG 188).

 La crisis ecológica y social

Resulta clave leer Laudato Si desde este prisma. Lo que se ve en el énfasis que hará respecto a que la crisis ecológica y la crisis social están intrínsecamente unidas. Para él, cualquier propuesta ecológica debe incluir una perspectiva social que considere los derechos fundamentales de los más marginados. (LS 93).

Francisco retoma la subordinación de la propiedad privada al principio del destino universal de los bienes que había planteado en Evangelii gaudium(LS 93). Esto se basa en la idea de que Dios ha dado la Tierra a todo el género humano para que todos puedan sustentarse sin excluir ni privilegiar a nadie. Por ello, el medioambiente es una responsabilidad de todos, un bien colectivo, donde el principio de solidaridad a la luz de la mirada de la DSI nos ayudará a comprender más profundamente esta perspectiva.

Citando a los obispos de Nueva Zelanda, el Papa Francisco subraya que el mandamiento «no matarás» pierde sentido cuando el 20% de la población mundial consume recursos que ponen en peligro la supervivencia de las futuras generaciones (LS 95).

Solidaridad intergeneracional y conversión ecológica

Francisco también rescata el concepto de solidaridad intergeneracional, un concepto que Benedicto XVI ya había mencionado en Caritas in Veritate (28). Esto implica que tenemos una responsabilidad hoy con las generaciones futuras que habitarán la Tierra. La creación es un regalo de Dios que le pertenece tanto a los que vendrán como a quienes la habitamos hoy (LS 159).

Esta visión se opone al consumo excesivo e inmediatista que ve a la Tierra como un simple objeto de explotación. Si seguimos con los niveles de consumo actuales, podríamos dejarles a las próximas generaciones desiertos, cielos contaminados, islas de plástico y montañas de basura tecnológica. Es fácil actuar con falta de solidaridad, con irresponsabilidad por los otros y así dilapidar la herencia que deberíamos dejarles.

Para Francisco, la solidaridad intergeneracional es tan importante que sin ella no puede haber un desarrollo sostenible. Más aún, la preocupación por las futuras generaciones es una cuestión de justicia, citando a los Obispos de Portugal dirá que “el ambiente se sitúa en la lógica de la recepción. Es un préstamo que cada generación recibe y debe transmitir a la generación siguiente” (LS 159).

Otro concepto clave, tanto en Evangelii Gaudium como en Laudato Si, es el de la conversión. En su primera exhortación, el Papa habla de la conversión pastoral y misionera, tomando el concepto del Concilio Vaticano de conversión eclesial, entendida como apertura a una permanente reforma de la Iglesia por fidelidad a Jesucristo (EG 26). De manera similar, en Laudato Si, introduce la necesidad de una conversión ecológica, una respuesta a la crisis ambiental que implica dejar brotar todas las consecuencias del encuentro con Jesucristo en las relaciones con el mundo que nos rodea, cambiando nuestros hábitos para que sean más coherentes con su mensaje, en especial volviéndonos protectores de la obra de Dios.

Esta conversión ecológica no es individualista. Al igual que la conversión pastoral, requiere de la comunidad. Francisco dirá que “a problemas sociales se responde con redes comunitarias, no con la mera suma de bienes individuales” (LS 219). Por ello, se vuelven clave actitudes como el cuidado generoso, la ternura, la gratuidad y la generosidad.

La solidaridad ecológica como llamado universal

Retomando el concepto de solidaridad, Francisco nos invita también a vivir una solidaridad universal o global, que brota del misterio de la Trinidad, donde el poder pensar en términos de comunidad se lleva al planeta en su conjunto, para verlo como una casa común (LS 240). Si la seguimos descuidando, sin cumplir con la tarea que nos ha encomendado nuestro creador, no sólo pondremos en peligro a las futuras generaciones, sino la supervivencia misma de la especie humana.

Laudato Si nos invita a tomar conciencia de una suerte de solidaridad esencial, que podríamos llamar solidaridad ecológica, subyacente entre todas las criaturas. «Siendo creados por el mismo Padre, todos los seres del universo estamos unidos por lazos invisibles y conformamos una especie de familia universal, una sublime comunión que nos mueve a un respeto sagrado, cariñoso y humilde» (LS 89).

Para enfrentar este desafío ecológico, se necesita un cambio radical en nuestros estilos de vida, los modelos de producción y consumo, y las estructuras de poder. Es necesaria la conversión ecológica y un principio clave para ello puede ser el de la solidaridad, desde la construcción de una mentalidad de comunidad. El Papa nos llama a pasar «del consumo al sacrificio, de la avidez a la generosidad, del desperdicio a la capacidad de compartir» (LS 9). Es una demanda explícita para que la generación actual actúe en solidaridad con las futuras, asegurando que la herencia ambiental sea una bendición y no una carga.

Es por ello, que para superar la crisis todos tenemos nuestro rol, no sirve solo recriminarnos unos a otros -los ciudadanos a las grandes empresas, los países menos contaminantes a los más contaminantes-, todo suma, el esfuerzo de los hogares por reducir el consumo y los desperdicios, la modificación de hábitos personales, familiares y comunitarios va creando una nueva cultura, que “aun cuando esto no produce de inmediato un efecto muy notable desde el punto de vista cuantitativo, sí colabora para gestar grandes procesos de transformación que operan desde las profundidades de la sociedad” (LD 71).

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